«Profes extenuados, alumnos desanimados, padres agresivos… en las aulas hay demasiado estrés»

Parece evidente que Andreu Navarra no llegó a este mundo para pasar por él de puntillas. Es un doctor en Filología Hispánica que los fines de semana toca la batería en un grupo de heavy metal. Y es un profesor interino de lengua castellana (ha pasado por media docena de institutos de varias ciudades del Baix Llobregat) que enseguida se transmuta en prolífico escritor, ya que a sus 39 años ha publicado cuatro novelas y ocho ensayos. Solo uno de estos libros tiene como temática su propio oficio, se titula Devaluación continúa (Tusquets), salió después del verano y en pocas semanas en las librerías se convirtió en un auténtico best seller. Es un libro crítico, pero realista, asegura Navarra, que rechaza que le etiqueten ni de tradicionalista o ni de antisistema.

¿Dónde está el secreto del éxito de ‘Devaluación continúa’?
Pues no lo sé. Quizás es que ya hay muchos libros sobre teoría y cambio pedagógico, y en cambio el mío se centra en el profesor en todo su planteamiento.

Profesores que lloran, que están estresados… El retrato que hace es muy duro. ¿Ningún compañero le ha comentado que tal vez exagere un poco?
Más bien me dicen que es ecuánime. De hecho, no he relatado mis experiencias más duras. Por ejemplo, que me dispararan con una pistola de balines, o cosas de contenido sexual en tutoría, todo esto no lo he puesto. Es un libro con voluntad de no ser truculento. Creo que si el libro ha tenido éxito es porque precisamente es realista.

O sea que el libro es moderado.
De hecho, una tercera parte está dedicada a ir contra los apocalípticos y contra este tipo de prosa desatada.

¿Quiénes y qué son los apocalípticos?
Estos libros donde todo son quejas. Yo solo quería plantear cómo están las cosas, y especifico siempre que no todo lo que describo ocurre en todos los centros, digo que tenemos la red para construir un sistema democrático, pero pienso que los contenidos se están mercantilizando y que tendríamos que contribuir más a la igualdad social. Tenemos un panorama social que es muy duro, con muchos problemas que están fuera del sistema educativo pero que llegan a él. Un sistema educativo mejor financiado podría asumir estos problemas mucho mejor.

Pero lo que está claro es su escepticismo respecto a la innovación educativa.
Cuando hablo con otros profesores que tienen ganas de sumarse a las nuevas pedagogías, ¿con qué se encuentran? Con que tienen 150 alumnos, que los edificios son los mismos y que tienen ordenadores que tardan 20 minutos en encenderse o que el wifi no funciona. Lo que digo en el libro es que estas reformas, si son buenas, tienen un problema de aplicabilidad. Si se pudiera trabajar con menos alumnos todas estas reformas serían mucho más fáciles de aplicar. Pedir ratios más bajas no es revolucionario, no me parece disparatado. Yo pido esto y pido un neohumanismo que vuelva a los valores democráticos y de justicia social que había en los años setenta. Pero yo no soy un antisistema, al revés, soy un defensor del sistema, pero soy crítico con el populismo, con las promesas que no tienen los pies en el suelo.

Le han acusado de tecnófobo.
No soy ni tecnófobo ni tecnocrático. Lo que planteo es que haya una auténtica innovación tecnológica. Por ejemplo: ¿por qué no enseñamos programación a los alumnos? Está comprobado que alumnos con problemas económicos, si se les enseña a programar, tendrán una herramienta estupenda para poder prosperar laboralmente. Somos poco ambiciosos con la ciencia. Y también me dicen que insisto mucho con el problema de las humanidades, y es verdad, tenemos un problema con las humanidades, pero también con la ciencia. En los institutos se tiene que hacer ciencia, in situ. Creo que estamos nivelando a la baja y que nuestra juventud tiene potencial. No estamos construyendo los cimientos como para poder acoger vocaciones científicas. Y por eso construimos un país abocado al monocultivo del turismo cuando podríamos hacer mucho más. Estamos frenando a la juventud.

Veo que le preocupa mucho la ciencia, que no es su materia.
Enseñar lengua es maravilloso, porque yo les dejo crear. Se ponen a escribir, me piden redacciones. La semana pasada teníamos examen y como era el centenario de Galdós les pedí que hicieran un cuento literario de amor realista como los que hacía Galdós. Y fue fantástico. Es decir, es muy fácil hacer la lengua competencial. El problema es la ciencia, donde ya no es tan fácil.

Seguramente su discurso hace que se le identifique con los defensores de la pedagogía tradicional, es decir, la de la cultura del esfuerzo, la memorización y las clases magistrales.
Querría dejar claro que lo que ataco es el pensamiento único. Tenemos un alumnado plural y nuestras herramientas son plurales. El abordaje competencial puede funcionar muy bien con unos grupos, y puede ser que no funcione tan bien con otros. Por ejemplo, el Instituto de Cervera consiguió dos premios extraordinarios de selectividad con metodología tradicional. Pues a ellos les funciona. Lo que digo a lo largo del libro es que tenemos que adecuar la metodología a lo que tenemos en frente. Pero yo no defiendo el esquema tradicional, era excluyente, dejaba mucha gente afuera.

Sobre escuela inclusiva no se habla en el libro.
Es cierto. Creo que en este asunto la clave es hablar con las familias. Y las hay que tienen miedo. Hay que escuchar las necesidades de los alumnos. En España las asociaciones consiguieron que las políticas de inclusión que cerraban la escuela especial se frenaran, porque una parte de las familias consideraba que sus hijos estaban mejor allí. Un miembro de una de estas asociaciones me ponía el ejemplo de que en su escuela había 90 alumnos y 80 docentes. Esta ratio es imposible de lograr en un centro ordinario. O sea, ¿tenemos el dinero para hacer una escuela inclusiva real? Yo me pregunto esto y también me pregunto si han hablado con las familias y si tenemos las instalaciones que hacen falta. Esto no se puede hacer mal hecho.

Hay todo tipo de familias. Quizás solo ha escuchado a unas.
Pues que se escuche a todas las familias y que esto se dote de un presupuesto suficiente. Lo que no puede ser es que se creen situaciones negativas para el alumnado.

¿A lo largo de sus años de docente no ha tenido a ningún alumno con discapacidad?
Un montón.

¿Y cómo se ha enfrentado a este reto, pues?
Es que depende, cada caso es diferente.

Dicen que en infantil y primaria la predisposición del profesorado a abordar la diversidad en el aula es muy superior a la que tiene el profesorado de secundaria. ¿Cómo lo ve?
Lo que veo es que no se puede hacer innovación sin inversión, porque la innovación es cara, y que lo mismo pasa con la escuela inclusiva. Es cara y hay que invertir. Si se invierte, adelante, pero si no estás invirtiendo suficiente dinero para tener una plantilla adecuada y para que estos alumnos tengan la atención adecuada, entonces puede ser un desastre. Tienen que ser profesores con experiencia y con los protocolos muy claros. Yo he visto casos de éxito, y también he visto a alumnos de USEE [equipos de apoyo a la inclusión en Cataluña, habitualmente mal utilizados como aula de educación especial], que seguramente no tendrían que estar allí, levantar por el cuello a una profesora de catalán. Estas situaciones no tendrían que pasar. Sin dinero la educación solo es inclusiva sobre el papel. Yo he parado crisis de ansiedad de un chico que tiraba mesas y sillas a una profesora que se arrancaba los cabellos en un ataque de histeria; yo estaba de guardia y tuve que intervenir sin ninguna formación, fijándome solo en cómo lo hacía el psicopedagogo. Esto es algo cotidiano.

En el libro también se ve que le gusta su trabajo y que hay momentos muy satisfactorios…
Cada día.

…pero en cambio la mayor parte parece la descripción de un escenario de guerra. ¿No está un poco descompensado?
Por dos razones muy sencillas. Porque hay que llevar esperanza a los profesores y porque los padres tienen que saber dónde llevan a sus hijos. No podemos pensar que vivimos en un paraíso. Lo que hay es la pura realidad; cosas vistas, que diría Josep Pla. Una realidad que es compleja y que se tiene que conocer. A mí cada día me escriben padres para darme las gracias y decirme que ahora sabemos lo que hay. En las facultades se han dado cuenta de que iban tirando de teoría, pero que los alumnos que tenían que hacer de profesores de secundaria no han hecho bastante prácticas y cuando llegan a una aula ¡no tiene nada a ver!

Esta esperanza que da en el libro a los profesores debe de ser por la vía de decir que no sois los únicos que estáis hechos polvo.
Sí. Y también me llegan un montón de mensajes de profesores, y no solo españoles. Me llegan también de Uruguay, de Perú… Y otro objetivo era plantear el debate de otra manera, centrándolo en la manera como se siente el profesor. No tenemos otros, y no les podemos tener pensando que están obsoletos. Con este panorama de pesimismo y de profesores llorando no podemos ir a ninguna parte. Miremos el problema de verdad: ¿por qué hay tanto estrés en las aulas? Los padres, crispados, muy agresivos; los profes, crispados y extenuados; los alumnos, desanimados y sin las competencias básicas.

Ahora me dirá que antes los alumnos estaban mejor preparados.
El problema es que llegan muchos chicos a 1.º de ESO que no saben leer, o lo hacen con muchas dificultades. No saben prácticamente escribir. Esto no es defender la escuela tradicional, es defender la alfabetización, que seguramente es uno de los primeros derechos democráticos. Yo no defiendo la lista de los reyes Godos ni ninguna lista memorística, lo que defiendo es que el alumnado tenga suficiente léxico para analizar su mundo. Es típico que te digan: “¿De qué nos sirve saber los ríos de España?”. Es que se trata de que un alumno de Santa Coloma sepa qué río pasa junto a su casa, y trabajando por proyectos me doy cuenta de que el alumnado no sabe ni dónde vive. No sabe situar su casa en el mapa, no distingue provincia de Estado, de capital, de ciudad, de pueblo, no tienen los elementos para analizar el entorno. Hay una confusión y un gran colapso informativo que viene, evidentemente, de las redes.

Cuidado que les va a dar la razón a los que le llaman tecnófobo.
Es que el problema de lectoescritura es grave. Y es un problema que tiene que ver con la atención y la capacidad de concentración. Si tenemos alumnos adictos a los móviles y a los videojuegos… ¿les tenemos que dar más pantallas en el aula? ¿La lógica no es que el aula corrija los excesos de la sociedad?

Este sería un punto de vista. El otro es que este es su lenguaje y que si quieres que te escuchen y tenerles motivados tienes que hablar su lenguaje y hacerlo con sus herramientas.
¡Es que no es cierto! No les motiva más, les produce ansiedad, y llegan a 2º de bachillerato y se tienen que medicar para hacer un examen. Les lanzamos a una piscina que no tiene agua. ¿Quién ha dicho que tenemos que gamificar? ¿Le hemos preguntado al alumno si le gusta? Porque resulta que algunas experiencias de gamificación fracasan porque son aburridas. O sea que a veces se tiene que gamificar y a veces se tiene que hacer una clase magistral. O un grupo quiere una cosa más competencial y otro una cosa más intelectual, por lo tanto uno siempre tiene que estar auscultando a ver cuál es la metodología adecuada a aquel grupo. Pero yo no defiendo un sistema tradicional, defiendo un equilibrio.

Estrés en las aulas, innovación, inclusión, Andreu Navarro, Enseñanza UGT Ceuta, Blog de Enseñanza UGT Ceuta

¿Los alumnos se tienen que medicar?
Cuando se hacen estudios sobre lo que se toman los alumnos en bachillerato ¡madre mía! Ansiolíticos, antidepresivos… hay demasiado estrés. Planteémonos cómo reducir el estrés. ¿Por qué no elaboramos planes de atención?

¿Qué quiere decir?
Planes para aprender a concentrarse. Me consta que algún centro lo está haciendo. En resumen, el lenguaje de los jóvenes es el lenguaje de los jóvenes y nosotros no tenemos ni idea. ¿Realmente pensamos que reproduciremos su forma de entretenerse? Esto es paternalismo. Tenemos que reducir el estrés y lo que no podemos hacer es no atender al alumno que quiere aprender, que quiere ir más lejos.

Dice que los alumnos no saben leer pero en cambio los suyos han hecho una narración realista al estilo de Galdós…
Sí, pero, por ejemplo, hay alumnos que no ponen ni un solo acento. Esto, ¡en 4º de ESO! ¡Es muy preocupante! También insisto en que todo lo que yo digo no quiere decir que pase en todos los centros. Hay centros muy diversos, yo ahora mismo he suspendido a cuatro de 150. Pero no se trata de esto, se trata de analizar qué estamos haciendo mal en las pedagogías que hay en primaria porque llegan que no saben prácticamente leer y los profesores de matemáticas te explican que los alumnos no pueden concentrarse para entender un problema.

¿Y entonces le parece que todo es un problema de inversión?
No, pero si no se bajan las ratios no se puede innovar. Con 150 alumnos un profesor no puede aplicar todas estas innovaciones por mucho que quiera. Lo que estoy diciendo es que los profesores están extenuados. Si se les damos oxígeno todo este mundo de la nueva pedagogía lo podríamos aplicar de manera mucho más analítica y cómoda. Y bajar las ratios es también muy importante para los entornos donde desgraciadamente tenemos violencia… cosas que yo no he puesto en el libro. No es lo mismo tener 15-20 alumnos que 35. Lo único que quiero plantear es que el profesor se sienta mejor, con la energía necesaria para ser innovador, pero de verdad, por la gente que tiene delante y no por un futuro gnóstico. Hay mucha literatura pedagógica que habla de la vida llena, de la felicidad… para mí, esto es un error. Pero que quede claro que yo en el libro no paro de decir que el sistema está vivo y que está intentando reaccionar. La inquietud está ahí, pero falta una dirección y corregir las desigualdades. Por eso va bien Portugal. Portugal está matizando el sistema de competencias con un sistema de valores. Tenemos que dejar los pensamientos únicos e introducir cosas que son de sentido común. Por ejemplo, el 25% de autonomía de centro, esto ha tenido éxito ahí.

¿Se refiere a la mayor capacidad de los directores para elegir la plantilla?
Me refiero a la autonomía a la hora de confeccionar el currículum. Un alumno de la Seu d’Urgell no tiene que tener el mismo currículum que un alumno de la Mina, de Cádiz o de la Coruña. ¿Qué tiene que ver Medina del Campo con la ciudad de Valencia? Nos tenemos que adaptar a lo que tenemos en frente y perder la obsesión con los temas ideológicos.

Pues hay quien considera escandaloso que a los niños catalanes no se les enseñe la misma Historia que a los madrileños, por poner un ejemplo.
A mí los políticos no me interesan, me interesan los jóvenes. O, en todo caso, me interesará un político al cual le interesen los jóvenes. A mí tanto me da si es un partido de derechas o de izquierdas quien pone el dinero sobre la mesa, pero que lo hagan. Hemos visto propuestas de derechas y de izquierdas, ¿pero realmente es tan importante? Unos y otros han hecho auténticas atrocidades.

Pero al final son los políticos quienes deciden.
Pero con autonomía de currículum serían los profesores quienes discutirían qué hacer con lo que tienen delante. Los gobiernos tienen que perder la obsesión por controlar el currículum y dejar que el profesor dé clase.

¿En todas sus entrevistas en medios de comunicación no catalanes no le han preguntado si en Cataluña se adoctrina?
Muchas veces. Y muchas veces han intentado que diga que hay adoctrinamiento, pero no lo he dicho. Mira, a mí esto no me preocupa. Me preocupan las personas, yo delante tengo a personas de ideologías muy diversas. Lo que me interesa es crear un espacio neohumanista en el que, realmente, con una relación diferente entre el profesor y el alumno, se pueda innovar. Pero partiendo de la realidad y no de unos paraísos que no existen. ¿Pero quién promete el paraíso o habla de felicidad? Hasta ahí donde yo sé las experiencias de transformación educativa que promueven entidades como la Fundación Bofill o los Movimientos de Renovación Pedagógica se hacen tocando de pies al suelo, o cuando menos con la participación de muchos docentes que están en el aula cada día. En mi libro no encontrarás ni una sola acusación. Yo solo digo con lo que me he encontrado y cómo podríamos mejorar. Es más, elogio muchas cosas que se están haciendo. Por ejemplo, los institutos escuela me parecen una muy buena idea, que además tiene una connotación republicana. Otro: hay un plan sobre la mesa contra el porno y a favor de la educación afectiva. Pues me parece muy bien. ¿Por qué todo el mundo se queda con el malo?

Los autores que cita más a menudo formarían parte del grupo más escéptico ante cualquier iniciativa innovadora.
Pero es que somos líderes en paro juvenil, en desigualdad social…

Pero esto la pedagogía innovadora no lo niega, al contrario.
A mí un tuitero me dijo: “Andreu Navarra tiene idealizados los ochenta”. Pues le hice una foto de la página donde digo que no se tiene que idealizar aquello. La FP de los ochenta era un guirigay. Me estoy encontrando que me ponen cosas que yo no he escrito. Lo que también está claro es que las buenas iniciativas no pueden tapar los fracasos que tenemos como sociedad.

Quizás este sea el punto de colisión. Describe a un profesorado absolutamente extenuado, usted mismo lo ha dicho, mientras que otros describen a un profesorado muy motivado para cambiar las cosas y convencidos de tener la mejor profesión del mundo.
Es que es la mejor profesión del mundo. Ahora bien, se tiene que ser realista. Yo no he visto solo llorar a profes, también he visto llorar a directores y jefes de estudio, y también he visto asesores que tenían que explicar las innovaciones diciendo que no las entendían ni se las creían. Y esto me preocupa y lo explico. De los problemas se tiene que hablar sin tabúes. Como otro problema es que se va demasiado dinero a la concertada.

Pues la concertada se considera infrafinanciada.
Desde la crisis, en España el presupuesto de la concertada ha crecido un 25%, mientras que el presupuesto de la pública continúa igual que en 2007. Esto es un insulto.

Supongo que se tendría que analizar qué ha pasado en cada comunidad.
Bien, si lo que dice el diario El Crític es verdad, en Cataluña se dedican 30 millones de euros cada año a las escuelas de la Opus Dei. Hombre… Con 30 millones seguramente mi ordenador funcionaría.

Con este cuadro tan pesimista, mientras se lee el libro uno se pregunta por qué no lo deja. ¿Se ha planteado alguna vez dejar de ser profesor?
Yo tengo dos vocaciones: soy escritor y soy profesor. A Raimon Pannikar le preguntaban: “¿Usted es católico, hinduista o ateo?” Y él decía: “Todo al 100%, no me divido”.

No me ha contestado. ¿Se ha planteado alguna vez dejarlo?
Yo empecé en la concertada, donde estuve dos años. Y después me fui a la UAB con un contrato de investigación. Y mientras hacía investigación echaba de menos a los alumnos, porque te dan mucha vida. Y volví. Alguna madre me lo pregunta: “¿Pero cómo aguantas a mi hijo con 25 más?”. Pues mira, todos los trabajos tienen días malos y días buenos, pero por cada experiencia mala hay cinco o diez que son buenas. Yo me fijo en lo que va bien, pero también observo que hay un exceso de estrés en las familias, los alumnos y los profesores. Y otra cosa: yo estoy completamente seguro de que lo mejor de nuestra sociedad está en el profesorado. Muchos de mis compañeros son héroes. Lo que llegan a hacer es increíble.

Hombre… ¿no hacen simplemente su trabajo?
No, le ponen mucho más. Un nivel de idealismo y de fe absolutamente impresionante. Yo me fijo mucho en lo que hacen los otros profesores, me dan lecciones cada día.

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