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El duro lado del trabajo en un Centro de Educación Especial

Iris Carabal es maestra de Educación Primaria y especialista en Pedagogía Terapéutica. Además, es autora de la página web "Avanzando con emociones", en la que pueden encontrarse estrategias psicoeducativas, recursos y materiales, divulgación educativa y lecturas varias. Publicamos, en forma de artículo, la muy compartida y celebrada serie de tweets que el pasado 20 de septiembre publicó sobre su experiencia docente en un Centro de Educación Especial. Le pedimos permiso para aunar en forma de artículo su hilo de Twitter y nos ha dado el visto bueno. Creemos que merecía mucho la pena. ¡Gracias, Iris!

Así arrancaba su historia, que es la que redactamos en la entrada del blog. Si clicas su tweet, te llevará al hilo que aquí reproducimos... 


"Hoy me apetece compartir con vosotros qué es trabajar en un Centro de Educación Especial con preadolescentes con trastornos de conducta y problemas de salud mental. Os cuento lo que es estar en el lado duro de la Educación Especial: como para que luego me venga el gurú y el eduinfluencer de turno a decirme que los maestros nos quejamos mucho y no nos esforzamos lo suficiente porque solo sabemos coartar la libertad de nuestro alumnado y someterlo a nuestra voluntad...

Bueno, pues yo hoy os hablo de otro sometimiento: el del miedo, el estado de alerta continuo por anticipar la conducta y las reacciones de mi alumnado, un alumnado en su mayoría de centro de acogida, que cuando visitaba a la familia realidades como el consumo de drogas, la violencia, el hambre y el robo estaban a la orden del día; niños que habían aprendido a satisfacer sus derechos y necesidades a través de la violencia. Niños y niñas carentes de afecto, cariño y, en especial, reconocimiento humano. Y como no recibían respeto, no sabían cómo respetar, así que los insultos, las vejaciones, las burlas y las agresiones eran algo común al principio de mi llegada.

Luego te das cuenta de que por lo mismo que tenías que enseñarles a leer, también necesitabas enseñarles a respetar. Así que empecé otorgándoles un rol a cada uno. ¡Ojo! Yo solo les di un rol, ellos solos buscaron sus propias responsabilidades. Y así, poco a poco, haciendo camino entre estallidos, peleas, insultos, llamadas de atención, fugas del centro y otras situaciones críticas, fui poniendo orden. Pero no todo es maravilloso en ese contexto. La situación se controla un poco pero sigue siendo muy inestable.
Durante los cinco meses que estuve allí, tuve tantos partes de lesiones y tantos moratones que en vez de humana parecía un Dálmata. Tuve que aprender defensa personal, aumenté al 200% mi umbral de paciencia y autocontrol, aprendí estraregias para proyectar autoridad en el aula, me entrené en extinción de conducta (Iris, haz como que eso no ha pasado o no lo has oído) y aprendí sobre primeros auxilios. Taponé heridas, escondí tijeras bajo llave, inmovilicé y separé niños en mitad de peleas, saqué de una mochila un puño americano hecho con una correa de reloj y clavos, paré muchos golpes y vi mucha sangre.

¿Y lo curricular? Pues se hacía lo que se podía en el tiempo libre que nos quedaba después de separar peleas, calmar chavales, reconducir alumnos para que volviesen al aula tras una fuga o un intento de fuga del centro... Se hacía lo que se podía. Y al final del día acabas derrotada. Sin fuerzas, pensando en qué futuro les espera y si has podido ayudarles en algo.

Educación Especial, Irene Carabal, Blog Enseñanza UGT Ceuta

Tu relación con tu alumnado acaba siendo más íntima de lo que imaginas. Todos estamos al límite, supurando emociones y sin filtro al comunicarnos. Otra cosa no, pero sinceridad nos sobraba. A veces, yo decía que los oía pensa. Al fin y al cabo, en un aula de ese calibre todo se reduce a eso: relaciones interpersonales. Creo que, gracias a esa experiencia, aprendí mucho a comunicarme teniendo bien en cuenta cómo podría influir en ellos cada una de mis palabras. Las que pronunciaba y las que no. Allí el aprendizaje se reduce a estímulos y refuerzos muy potentes y directos. Tienes que ir al grano. Nadie sabe cómo es realmente la educación especial hasta que te ves al límite, sin recursos y sin ayudas.

Y entonces recuerdas que esto no te lo contaron en la carrera. En magisterio te hablaron de dislexia pero no de violencia. Te contaron lo que era el autismo, pero no te dijeron todas sus comorbilidades. Te hablaron del niño con X etiqueta, pero no de que su familia le pega y que por eso él te pega a ti. Te hablaron de problemas de conducta, pero no de cómo soportarlo cuando lo tratas. Te hablaron de la frustración en niños con dificultades del aprendizaje, pero no te hablaron de tu frustración al ver que no avanzas con la clase. Te hablan de reinventarte. Sí, eso lo hacemos a diario. Borrón y cuenta nueva cada día.

Otra cosa no, pero reinventarme y cambiar de personalidad lo hacía de continuo y seguido. Por todo esto, me gustaría visibilizar un poco más lo que se vive en un Centro de Educación Especial. Y es por esto que a veces duele tanto que se crea antes a un eduinfluencer que a un maestro en activo. Me duele que se juzgue y se critique a las familias por decidir que sus hijos van a estar mejor atendidos en una modalidad de educación especial. Me duele que se infravalore a los maestros, que nos critiquen sin pisar un colegio, que nos insulten y nos griten algunos familiares de alumnos (de todo hay, ya lo sabemos) y que no valoren el poder de la educación. Os juro que todo eso me duele más que cada agresión recibida por el alumnado que he tratado con trastornos de conducta y problemas de salud mental.

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