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Reflexiones tras el desolador paisaje que dejan las oposiciones docentes 2018

Terminan las oposiciones en Ceuta y volvemos a enfrentarnos con las incongruencias que provoca el mismo sistema: plazas desiertas; pruebas eliminatorias no especificadas puntualmente en la convocatoria de oposiciones; tribunales a los que se le encomienda la durísima tarea de juzgar a sus propios compañeros y compañeras con quienes comparten día a día la docencia en los Centros de trabajo; ítems de evaluación no conocidos por los examinandos ni perfilados en la legislación; imposibilidad de objetivar las calificaciones al no ser indicadas en la normativa que regula este tipo de pruebas... y un largo etcétera que hacen de este proceso un infierno tanto para para los opositores constreñidos a pasar por un laberinto kafkiano de difícil escapatoria como para los miembros de los tribunales.

El que suscribe estas palabras ha sido opositor y, por dos veces,  miembro de un tribunal en la ciudad de Ceuta. Entiendo perfectamente esta dialéctica absurda que pone en tela de juicio la validez de la oposición para elegir a los profesionales mejor preparados.

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¿Cómo es posible que docentes reconocidos y premiados por la comunidad educativa, con muchísimos años en las aulas, no superen el segundo ejercicio? ¿Por qué no dotar a los tribunales la historia académica en la que se tenga muy en cuenta la labor de los profesores y profesoras dedicados en cuerpo y alma a la enseñanza y con unos resultados excelentes? ¿Cómo compatibilizar la valía de los interinos e interinas cuando un tribunal no reconoce esta valía? ¿Cuál será el destino de las plazas desiertas? ¿Se volverán a convocar en años sucesivos ¿Barajará la administración alguna vía legal para que se puedan revisar las pruebas de los opositores que lo estimen oportuno?

Comenzará el curso y todo volverá a disiparse, no habrá pasado nada, pero unos y otros nos miraremos con recelo y desconfianza por lo que sucedió. No vale ya con buscar víctimas o verdugos, apelemos al sentido común y cambiemos este sistema de acceso que no lleva a elegir a los mejores y que puede dejar en el ostracismo a docentes que enarbolan el excelente trabajo en las aulas.

No echemos culpa a tribunales, utilizados como cabeza de turco las más de las veces ni a sindicatos, empeñados en conseguir la estabilidad laboral como requisito fundamental para todos y cada uno de los proyectos académicos que se emprenden.

Mi última actuación como juez acabó en una sala de hospital invadido por un herpes zóster del que no he terminado de recuperarme. Unámonos todos y luchemos por la dignidad de la enseñanza y de aquéllos que  mismo barco. No debemos olvidarlo.

Carlos Antón Torregrosa, profesor de Filosofía en el IES Luis de Camoens de Ceuta

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