Oposiciones, presión y ansiedad 2.0

El proceso de oposiciones de secundaria ha tocado a su fin, un proceso que ha convulsionado y sacudido al colectivo más de lo deseable. Tal vez sea un ejercicio sano reflexionar de forma individual y colectiva sobre lo que se ha vivido.

Les toca a los opositores meditar sobre las horas de estudio dedicadas a este proceso. Se trata de un ejercicio personal de reflexión y análisis sobre el que nadie puede ni debe aportar valoración alguna. Cada uno de los profesionales que ha acudido a este proceso arrastra unas circunstancias personales que hacen de su actuación final algo individual e incuestionable. Cada cual, de forma condicionada o libre, sabe dónde ha colocado su umbral de sacrificio, hasta qué punto ha estado dispuesto a pagar su tiempo con la moneda de la renuncia o cuánto ha entrenado para esta carrera de fondo. La crítica y el balance corresponden a cada opositor y no debe admitir valoraciones generales pronunciadas desde la lejanía de los acontecimientos, la generalidad o los aires sentenciosos de los que, habiendo superado este proceso, aprovechamos la ocasión para reivindicar nuestro titánico sacrificio. "Es que no han estudiado nada", "no hay nivel", "no se lo han currado", "cuando yo me presenté".... son expresiones que se dictan con una ingenua e inútil imputación vengativa por el sacrificio personal que los demás sí creemos que hicimos. Debemos recordar, eso sí, que una oposición no es un examen que se aprueba o se suspende, una oposición es una selección de personal, eso también debe estar presente en el ejercicio de reflexión.

También corresponde a los tribunales hacer un ejercicio de valoración final sobre el papel desempeñado. Es un papel difícil e injusto, todos lo reconocemos, tener que ponerse al servicio de la Administración para seleccionar a los docentes que deben pasar a la categoría de funcionarios es tarea ardua que causa el rechazo de todos, nadie desea esa responsabilidad. Pasar, mediante sorteo, de compañero a miembro de un tribunal seleccionador de los mejores es un ejercicio para el que ninguno de nosotros estamos preparados, es una exigencia excesiva que no contempla la más mínima sensibilidad personal. A pesar de todo, tampoco valen aquí las generalidades. Cada tribunal ha sido soberano, cada uno de ellos ha planteado unos niveles de exigencia y cada uno de ellos ha diseñado las pruebas que ha considerado oportunas superar. Hagan también su reflexión sobre los criterios de evaluación aplicados y la conveniencia de esas pruebas para los objetivos de esta oposición. Deben saber también que ha provocado estupor y sufrimiento la decisión tomada por algunos de ellos de dejar vacantes las plazas que tanto esfuerzo ha costado arañarle a la Administración. Permítanme la sonrisa al pensar que vacante comparte raíz etimológica con vacío, vahído y vagar, puede ocurrir que así queden ya esas plazas, vagando en los papeles de un Ministerio que comience a aplicar de nuevo recortes que nos afecten a todos...

De todas las reflexiones que nos corresponde hacer, una debemos hacerla todos juntos. No podemos permitirnos que este proceso de selección nos separe como colectivo. Reprocharnos mutuamente la falta de esfuerzo, la escasez de nivel o la intransigencia mostrada nos hace un flaco favor a todos. El enemigo a combatir no es otro que un sistema de selección obsoleto, injusto y anclado en una competitividad inútil. Los mejores docentes no se descubren en un frío y puntual examen anónimo, todos traemos ya las lecciones aprendidas de la Universidad. Los buenos docentes son aquellos que lo demuestran cada día en el aula, en la cooperación con sus compañeros, en la implicación en sus centros y en la formación continua, es ahí donde debemos hacer una evaluación exigente, personalizada y eficaz, una evaluación seria que valore las habilidades docentes y no unos contenidos que hay que desempolvar de los altillos. Esa es la reivindicación común que debemos comenzar a partir de ahora, luchar por un acceso a la función docente de calidad, con una evaluación basada en la práctica diaria llevada a cabo por profesionales formados para esa función. Esa es la enseñanza que debemos extraer de este proceso; la lucha por unos principios de calidad para la educación pública es cosa de todos y no de unos pocos.

Confío en que los profesionales que han vivido este proceso logren sacudirse el desánimo que se ha apoderado de ellos, espero que el argumentario "trabajar no sirve para nada" quede enterrado en las arenas de alguna playa y que las fuertes mareas de julio arrastren hasta el fondo la humillación de ver tu nombre junto a un 0.0000. O nos ayuda el estío o todos habremos perdido. Yo, por mi parte, puntúo el actual sistema de selección con un cero.

Tula Fernández Maqueira
  Artículo publicado en El Faro de Ceuta

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