Calabazas educativas

Este fin de semana de calabazas, zombies, escobas voladoras y, en la lejanía, algún que otro verso de Zorrilla, me he topado con la noticia de que una fundación de carácter cristiano, está en conversaciones con el ejecutivo local para promover un colegio concertado. Desconozco quiénes conforman esa fundación y desconozco igualmente los intereses últimos que les impulsa a establecerse en nuestra ciudad. Tan sólo he leído su tarjeta de visita y declaración de intenciones.

Esta fundación se define como impulsora de un modelo educativo basado en una visión cristiana del hombre y con el objetivo de ofrecer una formación personalizada en un clima de plena libertad, fomentando la responsabilidad y la realización personal. Continúo leyendo y el proyecto se plantea, en principio, como un centro de dos líneas, que abarcaría desde la Educación Infantil hasta la Etapa de Secundaria, con una apuesta decidida por la enseñanza bilingüe y con la introducción de las últimas metodologías educativas.

En principio, y en una primera lectura, se trata de una nueva oferta formativa para la ciudad. Una ciudad como Ceuta, con una acuciante escasez de plazas escolares que año tras año afecta al sistema de forma negativa, debe recibir esta noticia, por tanto, con agrado y optimismo. No entro a valorar que se trata de otro paso al frente de la educación concertada en detrimento de la pública: ese sería y es otro debate, otro foco de reflexión.

Desconozco en qué consistirá el proyecto, pero ya se presentan como promotores de un centro de excelencia educativa, aunque no elitista. De lo primero no tengo motivos ni razones para dudar; tras lo segundo, permítanme que anote unos inocentes puntos suspensivos... No conozco si este proyecto será capaz de ofrecer la excelencia educativa que promete, pero de lo que no me cabe la menor duda es de la excelencia que tendrá la acogida entre la ciudadanía ceutí. Lo comprendo. No lo comparto.

Soy profesora, desarrollo mi labor en la educación pública, me interesa la educación, me interesa mucho, tanto que ya he superado los absurdos matices que impiden nuestra unidad y que sólo a la Administración le interesa fomentar; maestros de primaria versus profesores de secundaria, funcionarios versus interinos, enseñanza concertada versus enseñanza pública. Nada de eso me interesa. Me interesa la calidad educativa, la calidad por la que muchos luchamos, cada día contra el inexorable peso de la realidad. Me llena de ilusión la puesta en marcha de proyectos educativos de calidad y excelencia qu se están dando en Cataluña, en el País Vasco y, en menor medida, en Madrid y en Andalucía. Centros educativos que se convierten en verdaderos espacios de aprendizaje y que se publicitan como referentes educativos en cada curso de formación organizado en este sentido.

Viñeta de Forges publicada en El País 

Ilusión. ¿He dicho ilusión?, perdón, pero me exijo a mí misma una mayor dosis de sinceridad, en realidad me llena de una envidia profesional devastadora a la que me enfrento de cuando en cuando. No deja de ser paradójico que una agnóstica como yo sienta envidia por la labor de los Jesuitas, o mores, o tempora... En un país en el que la educación no interesa, la educación de calidad tampoco nos quita el sueño como sociedad. Me cuestiono por qué la educación pública se aparta de los pasos firmemente dados por algunos centros concertados que se han abanderado como líderes en innovación metodológica y excelencia educativa. La enseñanza privada nos está ganando la carrera y miramos impasible, sin darnos el merecido valor, sin reclamar el enorme potencial del capital humano que existe en la educación pública. Se pone el énfasis en la formación de los docentes. Puedo estar de acuerdo en que hay mucho por hacer en este sentido pero no hay profesión que se nutra más de la ilusión y la motivación que la educación, y hay sobrados motivos para que el colectivo se sienta desanimado.

Son días de brujas y monstruos, de novias cadavéricas y doctores terror. Monstruos que nuestra imaginación saca a la luz para provocar un miedo mucho menos real que el de la vida misma. Tal vez sea un buen momento para sacar a la luz los monstruos de nuestro sistema educativo, elementos hostiles que van carcomiendo el espíritu de lucha, la motivación y la búsqueda de nuestra propia eficacia.

Un docente bueno, implicado, involucrado con su propia formación tiene los mismos incentivos y ventajas que un docente mediocre. No existiendo una carrera docente donde se promocione por méritos y no por una sucesión de años de servicio, da lo mismo trabajar desde la calidad y la eficacia que desde el vacío del mero cumplimiento. En demasiadas ocasiones, la iniciativa docente se ve doblegada por ratios, falta de recursos y escasez de apoyos que anulan demoledoramente la ilusión, dejando en una buena intención lo que podría haberse convertido en una buena práctica. Nos desalienta, y mucho, la falta de reconocimiento por parte de las Instituciones del trabajo bien hecho. Seguimos moviéndonos en la cómoda política del "café para todos".

No es tan difícil aportar soluciones a estos problemas. Si no apostamos por un cambio de actitud desde las Instituciones, ¿cómo vamos a exigir más lucha en los centros? La cuestión es: ¿está realmente interesada la educación que gestiona este gobierno en ofrecer excelencia educativa? ¿Estamos abocados a ofrecer una educación mediocre y dirigida a la formación estandarizada de alumnos? ¿Es la labor que se espera de los docentes de la educación pública asistir impasibles al avance de los sistemas privados y concertados viendo cómo el talento deriva en unas aulas que no son las nuestras? ¿Habremos de resistir al deterioro de la educación pública luchando por la eficacia en condiciones draconiana? No quiero ni pensar en ello, sería terrorífico concluir que la excelencia educativa pueda convertirse en un privilegio al alcance de unos pocos.

Debe de ser tanta calabaza iluminada y tanta bruja nocturna la causante de este pesimismo. Seguiremos confiando. Seguiremos esperando el ansiado cambio. Seguiremos trabajando duro. Prometo apartar de mí a las brujas, que "haberlas haylas", y entonaré en mi aula los versos de Zorrilla. No sé si servirán de algo pero deberían, porque todos merecemos un sistema mejor. "Callad, por Dios, ¡oh, Don Juan!, que no podré resistir mucho tiempo sin morir, tan nunca sentido afán".

Tula Fernández Maqueira

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